El éxito o el fracaso del diálogo entre el gobierno chavista y la oposición democrática dependerán de los cambios concretos que devuelvan a los venezolanos el control de su propio destino.

El reciente comunicado conjunto de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia dejó claro que los principales dirigentes opositores no participarán en la negociación que busca renovar el Consejo Nacional Electoral y parte del Tribunal Supremo de Justicia con el objetivo último de abrir el camino hacia elecciones democráticas, justas y transparentes.

El chavismo tampoco llega unido, como lo había hecho bajo la conducción de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. En los últimos días, figuras como Mario Silva e Iris Varela han criticado públicamente a los líderes del gobierno de transición por colaborar con las exigencias de Estados Unidos y negociar con sectores opositores que consideran ilegítimos.

La mayor novedad de este proceso, sin embargo, no es la fragmentación de la oposición ni la del chavismo. Es el papel de Estados Unidos. A diferencia de negociaciones anteriores, Washington no actuará como facilitador ni acompañante, sino como árbitro con intereses enormes propios.

Los próximos meses pondrán a prueba la capacidad de Dinorah Figuera para dotar de legitimidad a una negociación que hoy carece del respaldo de buena parte de la oposición. Esa legitimidad no vendrá de las declaraciones ni de las fotografías de las reuniones, sino de los resultados.


Fuente: elpais.com