No es tiempo para pasar facturas políticas ni para peleas públicas. En este momento se va a medir también la grandeza de los líderes en todas las orillas políticas.
El terremoto que afectó a varias regiones de Colombia este lunes 10 de agosto se vive en medio del proceso de transición entre dos gobiernos. Eso hace más complejo el manejo, pero este país tiene experiencia en atención de crisis y ha mostrado que así como tenemos una historia de violencia y mezquindad, también la solidaridad se hace presente cuando se requiere.
Una tragedia es un reto que mide liderazgos y capacidad para reaccionar en caliente.
La falta de un adecuado proceso de empalme dejó a la Unidad de Gestión de Riesgo en un momento de limbo con un director encargado que viene del Gobierno anterior y un equipo que está a la expectativa de los esperados cambios que vendrán con el nuevo Gobierno. La emergencia no da espera. Funcionarios entrantes y salientes deben trabajar de la mano más allá de las diferencias.
La sociedad en su conjunto tendría que dejar por un momento los debates, la desconfianza y los temores para creer en los otros y sumar capacidades para atender a quienes lo requieren.
No es tiempo para pasar facturas políticas ni para peleas públicas. En este momento se va a medir también la grandeza de los líderes en todas las orillas políticas. La pérdida de confianza que se ha acentuado por las batallas de campaña debe dar paso a la posibilidad de encontrarnos como humanos y como colombianos para volver a creer que existe la posibilidad de nobleza en todas las personas.
Por supuesto que habrá quienes intenten sacar partido de la emergencia, quienes busquen aprovecharse de ella. Ya vendrá el momento adecuado para los análisis y los balances sobre cómo actuaron y respondieron las instituciones y los líderes a nivel local y nacional. Por ahora creo que se requiere calma y solidaridad con los afectados.
Invocar la mesura no significa aplaudir errores o pasar por alto problemas que pueden presentarse. En especial porque se deben entender los aciertos y los errores que se comenten en momentos de crisis para hacerlo mejor y prepararse para las emergencias que vengan. El Fenómeno del Niño que amenaza en el horizonte nos pondrá a prueba nuevamente.
Lo que ahora nos corresponde a todos es aportar desde nuestro rincón para asistir a los damnificados, a quienes han perdido a sus seres queridos y a los que directamente le ponen el pecho a la tragedia. Con frecuencia nos concentramos, como debe ser, en víctimas y sus familias y nos olvidamos de quienes sirven en estos momentos en la primera línea de atención a otros: rescatistas, personal de salud, cuerpos de bomberos, miembros de la policía, entre otros, necesitan apoyo, recursos y cuidado. Es importante tener presente que quienes deben actuar por largas horas en medio de la emergencia tengan también atención y cuidado para que no colapsen física o emocionalmente mientras trabajan por otros.
El cuidado emocional es, por otra parte, una necesidad de todos en momentos de trauma como este. El miedo y la incertidumbre se hacen presentes y los profesionales expertos en manejo de salud mental pueden ayudar a tramitarlos. A los periodistas nos corresponde brindar información de servicio, reportar con respeto y sin amarillismo, sin convertir el dolor humano en insumo para sumar clics. Hay que ayudar también a verificar los datos, porque la desinformación es grande cuando se viven emergencias.
El Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella declaró la situación de Desastre Nacional que permite mover recursos, tomar decisiones con mayor rapidez y enfrentar la emergencia de manera pronta. Además de la pérdida de vidas que es lo más grave en toda emergencia, el terremoto implica para el Estado unos costos inmensos que impactarán las ya menguadas arcas del Estado. Es otro ingrediente que se suma la crisis fiscal que puede ser motivo de debate en cuanto a magnitud, pero que se reconoce como real en todos los sectores.
Se requiere dinero para lo inmediato: el trabajo de búsqueda y rescate de sobrevivientes que han quedado bajo las estructuras colapsadas y atender a las personas que quedaron sin techo. Luego viene el proceso de reconstrucción en los municipios afectados. Todo eso representa inversiones millonarias que el país debe atender con prontitud y eficacia. En el pasado hemos tenido buenas y malas experiencias en materia de atención de desastres y reconstrucción de zonas afectadas. Ojalá prime en la atención de hoy aprender de lo vivido, escuchar a quienes tienen experiencia para no cometer errores que pueden costar muy caro.
En el momento de escribir esta opinión aún no es clara la magnitud de la emergencia, pero a medida que se conocen nuevos datos el tamaño de la tragedia va creciendo en pérdida de vidas y en número de afectados. Es una emergencia de grandes proporciones que nos pone a prueba como sociedad. Recuperar la confianza en los otros es necesario para poder actuar como nación ante una tragedia que no da espera y que no se resuelve peleando en las redes sociales. Las diferencias pueden esperar ante el sufrimiento humano.
Fuente: El País
Crédito de imagen: El País



