El primer ministro israelí afronta las urnas en octubre con la promesa incumplida de la “victoria total” y la necesidad de cumplir el plan de Trump. Desde el ataque de Hamás en octubre de 2023, Benjamín Netanyahu ha intentado transformar el relato en torno a la jornada más letal en la historia de Israel para convertir un inmenso fiasco de seguridad en el inicio de una batalla redentora y escatológica por un nuevo Oriente Próximo. No ha tenido mucho éxito y su problema político se ha convertido ahora también en electoral. Netanyahu afronta las urnas dentro de dos meses con malas perspectivas en los sondeos y un panorama en Gaza que prometió que no sucedería: casi 74.000 muertos y una invasión devastadora e inacabada no han impedido que Hamás siga gobernando la parte de la Franja donde reside casi toda la población. Y no es él, sino Donald Trump, quien decide qué puede hacer allí Israel. Encajonado entre el temor al colérico presidente de Estados Unidos y la necesidad de proyectar fortaleza e independencia ante los suyos, acaba de rechazar públicamente el acuerdo para el desarme de Hamás, mientras cumple de tapadillo parte de las obligaciones del alto el fuego que ha venido vulnerando sistemáticamente.
El lema “Acabar con Hamás” (junto con las armas y el apoyo del entonces presidente de EE UU, Joe Biden, y de algunos países europeos) permitió durante meses al primer ministro prolongar una invasión con mucho de venganza. Las imágenes de una Gaza en escombros por los bombardeos más duros desde la II Guerra Mundial dieron la vuelta a la indefensión que los israelíes sintieron aquel 7 de octubre y que conecta con el Holocausto en su imaginario colectivo. En octubre de 2025, cuando pocos creían ya en su interminable promesa de una “victoria total”, Donald Trump le impuso un alto el fuego.
Hoy, diez meses después, el dirigente que ha construido su carrera en torno a la imagen de Míster Seguridad tiene pocos triunfos que vender a los electores: Hamás sigue en pie en Gaza, Trump le ha dictado otro alto el fuego en Líbano y el intento de derrocar a bombazos al régimen iraní solo ha servido para reforzar el estatus de Teherán, agrietar la alianza con EE UU y subir el precio del petróleo.
Fuente: elpais.com



