En un mundo disperso, la lectura es un acto de rebeldía

Leer no es una capacidad innata del ser humano: requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta. En un momento de constante agitación, detiene la vida unos instantes

Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros , del escritor Stefan Zweig . Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.

El ser humano nace con la capacidad innata del habla, pero no con la de la lectura . Y ese ha sido precisamente uno de los enigmas más interesantes de la neurociencia, comprender cómo se las arregla el cerebro para que aprendamos a leer. En el siglo XIX se propuso la teoría de Wernicke-Geschwind según la cual las áreas visuales del cerebro, situadas en la parte posterior, reconocen la palabra como una imagen. Posteriormente, el lóbulo parietal asigna un significado a dicha imagen. De esta forma se establece una equivalencia secuencial entre lo visual, lo auditivo y lo semántico. Pero la llegada de la neuroimagen revolucionó esta teoría. Concretamente fue el profesor francés Stanislas Dehaene. Según su teoría, vigente hoy, el aprendizaje de la lectura supone la creación de dos rutas de procesamiento de la información: una léxica y otra no-léxica. Por una parte, aquellas palabras que conocemos se buscan en “el almacén de la memoria”, como lo llamó Dehaene. Y las palabras desconocidas activan una ruta fonológica, podemos leer algo sin saber lo que significa. Pero eso no es lectura. Esto supone que aprender a leer reorganiza el cerebro, ya que se generan rutas nuevas. Pero como decíamos, leer no es innato, es una capacidad que adquiere el cerebro. Y lo hace mediante un proceso denominado “reciclaje neuronal”, también propuesto por Dehaene. El cerebro se vale de redes neuronales ya existentes, que “recicla” para dedicarlas a la lectura. Así se generan las áreas de formación de palabras visuales, o popularmente “cajas de letras”, situadas en la corteza temporal visual del hemisferio izquierdo. Las palabras son tratadas como una imagen que debe interpretarse, una imagen que se vincula al lenguaje. Por ejemplo, si vemos escrita la palabra “flor” el cerebro visualiza esa imagen formada por cuatro símbolos (f, l, o, r), inmediatamente reconoce su significado y verbaliza, en silencio o usando la voz, el fonema “flor”. Por así decirlo, cuando leemos asignamos un sonido a la imagen.

Pero leer es mucho más. Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.


Fuente: elpais.com